Los Limites

Creado por IA . De milagro nadie salió lastimado

Cualquiera que haya vivido en la Ciudad de México o en ciudades de más de 20 mil personas sabe que salir de noche es un poco peligroso. Y por salir de noche, me refiero a estar fuera de tu casa después de las 11 de la noche.

Desde el año 2000, creo que he estado en la calle después de las 23:00 solo unas diez veces: el estreno de Avengers: Endgame, dos regresos de viaje de trabajo y el resto de las veces por ir a recoger a mi hija de 18 años de su empleo, cuando a veces sale a las 11 de la noche. Y eso ha sido solo en el último año.

En México tenemos ciertos límites y hay otros que son regionales o universales. Ir al Parque Hundido en la Ciudad de México después de las 23:00 no es buena idea. Igualmente con Central Park en Nueva York o El Rosedal de los Bosques de Palermo en Argentina. No debería haber problema, pero no es buena idea. Es peligroso.

Si no te comes al mundo, el mundo te come a ti. Nos enfrentamos, entonces, con un sentido común que va contra el sentido común. El sentido común te dice que no debería haber problema en ir al parque, y el sentido común te dice que no hay que correr riesgos absurdos. Igual que subirte a un coche con un conductor borracho, o dejar la puerta abierta de tu oficina cuando vas al 7-Eleven por un café o un refresco.

Es la paradoja de seguridad: la diferencia entre ‘lo que debería ser’ (teoría/ideal) y ‘lo que es’ (realidad/práctica). Te voy a contar dos historias rápidas: en una, la curiosidad pudo matarme; en la otra, vi cómo un coche increíble quedó para venderse como metal por kilo. Y la IA es igualita.

La primera historia: Cuando tenía unos ocho años, me regalaron en Guadalajara una pistola de fulminantes. Una de esas donde pones la tira de pólvora y el percutor del revólver hace el ruido del disparo. Mi primera prueba fue dispararle a quemarropa a una botella de Coca-Cola. Me enojé porque no pasó nada. ¡Gracias a Dios!

La segunda historia: Año 2000. Teniendo unos 28 años, mi padre me convenció de vender mi coche de esa época: un Phantom 89 con un motor hecho para México, que… hablaba. Sí, como el Auto Increíble. ‘Una puerta está abierta’, decía, por ejemplo. El coche, de 11 años atrás, no era deportivo pero dejaba impresionados a todos: Turbo, booster, sobremarcha… 120 km por hora. Lo vendí al hijo de un jefe en el trabajo y salimos para que lo probara, ya con el dinero en el banco. Mi regla fue: ‘No lo subas a más de 120’. ¿Qué hizo él? Tomó la salida a Tecámac a 145 km y se oyeron las palabras: ‘Motor sobrecalentado. Requiere auxilio inmediato’.

Así es trabajar con la IA

La pistola y la botella: Es la metáfora perfecta de un “prompt” mal ejecutado. El usuario espera un resultado (que la botella rompa), pero no mide las consecuencias del rebote o del peligro (el accidente). En IA, la gente “dispara” comandos sin saber qué hay detrás de la pólvora. Problema: LA TEMERIDAD DE LA IGNORANCIA.

El Phantom 89: Representa el límite del sistema. El coche avisó (como avisan los errores de consola o los logs), pero el usuario ignoró la advertencia por exceso de confianza. Al final, un sistema complejo y sofisticado terminó siendo metal por kilo. Problema: IGNORAR LOS LIMITES TECNICOS.